Salir lastimados.
Parece una de esas cosas que no se puede evitar mientras uno (realmente) viva.
Es ese dolor que algunas veces es tan nimio que apenas lo sentimos, otras que nos detiene momentáneamente o que puede ser tan intenso que nos haga caer.
Pero ¿qué es la vida (o destino, fortuna o como lo quieras llamar) sin el dolor? ¿Para qué la vida nos hace daño?
Claramente si sabemos que hemos tomado una mala decisión sabemos que tarde o temprano vamos a salir lastimados.
Otras veces simplemente que estamos en la vía correcta, por eso aceleramos el paso y no nos permitimos ver el gran muro con el que nos vamos a estrellar.
En otras cuantas ocasiones saldrás herido porque era tu turno (quizás es una forma de karma, para ponerle un nombre que quizás los haga sentir mejor).
Pocos quieren el dolor (existen los masoquistas *aunque todos tenemos nuestra propio gusto particular por cierto tipo de dolor*) y por ello tratan de huir de él.
Mediante mucha planificación o algunos simplemente se privan de muchas cosas (como, por ejemplo, verdaderamente vivir) pero la realidad inevitable es que siempre llega, de una u otra manera.
Sin embargo recientemente aprendí que el dolor, más allá del buscarlo o toparse con él, es realmente (un mal) necesario.
¿Qué otra cosa, quitando la inspiración, nos impulsa a crecer más que el dolor?
Cuando ciertas partes de nuestras vidas se “destruyen” por el dolor, y luego de pasar por el debido y siempre único proceso de, llamémoslo, duelo, cuando nos llega el tiempo las volvemos a reconstruirlas, con fortuna, en mejor forma.
A base de ciertos pesares que sufrimos la vida nos pone en el camino correcto para ser mejores (o peores, si se quiere) personas.
Ya después de superado el dolor y mostrar al mundo una nueva versión de ti mismo siempre habrá unos pocos y breves momentos en los que una leve punzada de dolor volverá a recordarte el porqué debemos seguir en la búsqueda constante de ser siempre la mejor versión de nosotros mismos.